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Sobre preferencias y funciones de utilidad

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¿Se han preguntado alguna vez cómo modelamos los economistas el comportamiento de las personas? Es verdad, las personas son muy complicadas, hay disciplinas dedicadas exclusivamente a intentar explicar lo que hacen, tanto a nivel individual (psicología) como a nivel colectivo (sociología). Pero como los economistas somos más chulos que nadie, nos hemos inventado una función matemática, llamada función de utilidad, que describe cómo se comportan los individuos. Bien, en particular describe cómo ordenan los individuos sus preferencias sobre diferentes decisiones: ¿Prefieren trabajar tres horas por 10 € la hora o descansar en casa? ¿Prefieren comprar un seguro del hogar total o parcial? ¿Prefieren un quilo de manzanas o uno de naranjas? Si le ponemos a nuestra función de utilidad “tres quilos de naranjas” nos saldrá un numerito; si acto seguido hacemos lo mismo con “tres quilos de manzanas” nos saldrá otro. Los comparamos y, el que sea mayor, ¡gana! Si las naranjas, como pasaría con mi función, ofrecen un resultado en la fórmula mayor al de las manzanas, nos quedamos con las primeras. De hecho, esto es lo que hacemos los economistas casi todo el día: dadas las elecciones posibles, encontramos la que maximiza la utilidad. Les puede parecer una forma demasiado simple de calcular cómo se comporta una persona, sobre todo por suponer que cada uno tiene una función de utilidad propia. Sin embargo, y aquí viene lo increible, un matemático y un economista, llamados John von Neumann y Oskar Morgenstern respectivamente, demostraron que si nuestras preferencias cumplen cuatro supuestos relativamente simples, existe una forma de representar dichas preferencias en una función matemática, esto es, en una función de utilidad. Este teorema (von Neumann-Morgenstern theorem), que se considera la fundación de la teoría de juegos, está en la base de casi toda la economía que se hace actualmente. Estos supuestos que deben cumplir las preferencias de cada individuo son las siguientes:

- Completud (completeness; lo pongo en inglés porque suenan mucho mejor…): para dos elecciones cualesquiera, por ejemplo entre una manzana y una naranja, o usted prefiere la primera a la segunda, o prefiere la segunda a la primera, o es indiferente entre las dos. Esto debe cumplirse para cualquier elección.
- Transitividad (transitivity): si usted prefiere una naranja a un plátano, y un plátano a una manzana, entonces usted prefiere seguro una naranja a una manzana.
- Continuidad (continuity): siguiendo con el ejemplo anterior (una naranja mejor que un plátano, un plátano mejor que una manzana), existe alguna combinación de naranja y manzana (por ejemplo, media de una y media de otra) tal que es indiferente entre esta combinación y un plátano. Esta supuesto es clave para poder utilizar funciones continuas para representar la utilidad.
- Independencia (independence): esta es un poco más difícil de formular sin representarlo matemáticamente, pero vamos allá. Si prefiere una naranja a una manzana, entonces cualquier combinación posible entre una naranja y una tercera fruta, por ejemplo, un kiwi, la preferirá a la misma combinación pero con la manzana en lugar de la naranja. Ejemplo instructivo: si prefiere naranja a manzana, también prefiere “media naranja y medio kiwi” a “media manzana y medio kiwi”.

Estos son las cuatro propiedades (axiomas). Si se cumplen, podemos hacer esta virguería que hace retorcerse a psicólogos y sociólogos llamada función de utilidad.

Otra cosa es lo que hagamos con esta función de utilidad. Por ejemplo, en algunos de los primeros modelos macroeconómicos (ya saben, los que miran cómo se comporta el PIB y esas cosas) que la utilizaban suponían que solamente había un bien que consumir y que todo lo que teníamos que decidir era cuánto queríamos consumir y cuánto trabajar. Incluso en algunos más sofisticados, donde hay lugar para muchos bienes (“un continuo de bienes”, en concreto), la sustituibilidad entre bienes es la misma, de tal forma que si todos ellos cuestan lo mismo, compramos la misma cantidad de cada uno. Aquí supongo que sí se puede criticar la excesiva simplicidad que usamos los economistas, pero solo como apunte déjenme comentarles un par de cosas más. Primera, no tenemos aún un ordenador suficientemente potente como para resolver un modelo donde la función de utilidad de las personas sea relativamente realista. Y segundo, no está nada claro a priori que, aunque lo hiciéramos, al agregarlas todas (al fin y al cabo esto es lo que le interesa a la macroeconomía, los valores agregados, no cuántas naranjas consume el panadero de la esquina) no nos saliera algo que pudiéramos simplificar de forma parecida a como lo hacemos ahora.

De todos modos, esta discusión es mucho más profunda y escapa demasiado a mis conocimientos actuales. Todo lo que quería mostrar hoy es que, si se cumplen cuatro propiedades en la forma en la que los individuos hacemos elecciones (nuestras preferencias), entonces es posible representar dichas decisiones con una función matemática llamada función de utilidad.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

2 julio, 2010 a 17:56

Riesgo vs Incertidumbre

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Rápido post sobre un tema muy interesante: la distinción entre riesgo e incertidumbre. En economía se usan de forma indistinta (con matices), aunque tienen claras diferencias. Pensemos en este ejemplo:

Hay dos urnas con 10 bolas cada una. En la primera urna hay 5 bolas azules y 5 bolas rojas, mientras que en la segunda hay 6 bolas rojas y 4 bolas azules. Obviamente hay una ranura en cada urna por donde sacar una bola, pero usted no puede observar de qué color es la bola que coge. Si yo le ofrezco 100 € si consigue sacar a la primera una bola roja a cambio de que, si no la saca, me pague 50 €, ¿en qué urna meterá la mano? Si no es usted muy cobarde, aceptará el reto y, si tampoco es muy limitado mentalmente, sacará una bola de la urna 2: hay un 60% de posibilidades de sacar una bola roja, mientras que en la urna 1 solamente hay un 50% de posibilidades. ¿Y si cambio la apuesta y en lugar de sacar una roja debe usted sacar una azul? Pues irá a la urna 1. Claramente. Pues bien, esto es riesgo: dada la apuesta, cada urna representa una “lotería” con sus probabilidades y sus premios, y escogemos la que nos da más probabilidades de ganar.

Ahora vamos con otra apuesta: la urna número 1 sigue siendo como antes (5 bolas azules y 5 rojas) mientras que NO sabemos cuántas hay de cada color en la segunda urna (para hacerlo fácil, supondremos que sabemos que hay 10 bolas en total también). Les hago la misma apuesta: 100 € si consiguen sacar una bola roja y me dan a mi 50 € si no lo logran. ¿A qué urna se dirigen? Pues bien, cuando se hacen este tipo de experimentos, la mayoría escoge la primera urna. ¿Pero saben qué pasa cuando se les cambia la apuesta (en lugar de sacar una roja, sacar una azul)? ¡Pues que escogen exactamente la misma urna! Quizás no vean la contradicción, pero los economistas que hemos hecho algo de decisión estratégica lo tenemos muy claro: cuando usted escoge la primera urna para sacar una bola roja, está asumiendo que en la urna 2 tendrá menos posibilidades de sacarla. Pero entonces, cuando se la cambia la apuesta y se le pide que saque una azul, debería hacerlo de la urna 2, ya que si usted cree que hay menos probabilidades de sacar una roja de la 2, automáticamente debe creer que hay más posibilidades de sacar una azul en esta urna, ya que solo hay bolas de dos colores. ¿Qué sucede entonces? Pues que la gente prefiere el riesgo (urna 1) a la incertidumbre (urna 2). Con el riesgo, uno conoce cuáles son las probabilidades; con la incertidumbre, no.

De hecho, casi todo en la vida es incertidumbre, no riesgo: el trabajo que escojo, la mujer con la que me caso, en qué compañía invierto… no conocemos cuáles son las probabilidades de que el trabajo que acepto vaya a ir bien o mal. Todo lo que tiene que ver con juegos de azar puros, ya sean ruletas (¡incluso rusas!) o máquinas tragaperras (que fea que es esta palabra), es riesgo. Quizás por ese motivo nos atrae tanto Las Vegas: porque preferimos el riesgo de los juegos de azar a la incertidumbre de la vida.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

30 junio, 2010 a 16:50

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Dan Ariely: “Las Trampas del Deseo”

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Después de un último post casi apocalíptico vengo hoy con un tema mucho más divertido. Justo hace un par de días acabo de leer el libro de Dan Ariely Predictably Irrational (traducido con el título de “Las Trampas del Deseo”) que habla sobre cómo el comportamiento humano se desvía de los supuestos de racionalidad. El libro no está nada mal, aunque claramente va de más a menos e intercala experimentos muy bien diseñados con otros hechos de cualquier forma (el de los niños en Halloween es espantoso). Sin embargo, hay muchas partes rescatables, y algún experimento brillante, como el de la suscripción al The Economist haciendo saltar por los aires el supuesto de independencia de alternativas irrelevantes (IIA). El axioma de IIA dice básicamente que si nos dan a escoger entre A y B y preferimos A, entonces si nos dan a escoger entre A, B y C no puede ser que prefiramos B a A. Parece lógico, ¿verdad? Pues Ariely hace un experimento para verlo: ofrece a toda una clase de MIT una suscripción al The Economist durante un año. Las alternativas son las siguientes: (a) Suscripción a internet por 59$; (b) Suscripción a la edición de papel por 125$; (c) Suscripción a internet y a la edición de papel por 125$. ¿Resultados? 16 estudiantes escogieron la opción (a), mientras que el resto, 84, escogieron la opción (c). So far so good. Pero entonces se hace un pequeño cambio que no debería afectar para nada la decisión que toman estos estudiantes: se elimina la opción (b). Ahora se vuelve a hacer el mismo ejercicio, pero solamente con las opciones (a) y (c). Según el supuesto de IIA, esto no debería alterar para nada los resultados, ya que al fin y al cabo NADIE escogió la opción (b). ¿Qué ocurre en realidad? Pues que ahora 68 estudiantes escogieron la primera opción (antes solamente 16) y los 32 restantes la segunda. El axioma de IIA queda inservible debido a ese sesgo cognitivo que tenemos llamado relatividad (y que podemos “sufrir” en esta imagen, que también aparece en el libro). Cool, isn’t it? Para que luego digan que la economía no es divertida… realmente esta rama de la economía, Behavioral Economics (BE), es una pasada. Sé que queda un pelín freak que lo diga así, pero es lo que hay. Vamos con otro de los experimentos buenos que hace Ariely y lo podrán comprobar. ¿Cómo formamos nuestra valoración de las cosas? La teoría convencional supone que cada uno de nosotros tiene una valoración propia de cualquier producto, que define el máximo que estamos dispuestos a pagar. Por ejemplo, si nos ofrecen un IPad por 479€ sin 3G, nosotros sabremos si lo valoramos más o menos que este precio: si lo valoramos menos, pues no lo compraremos. Pero acabamos de ver que la relatividad importa: si las valoraciones las hiciéramos como acabo de explicar, entonces no hubiéramos visto el cambio a la hora de escoger las subscripciones al The Economist. Lo que Ariely se pregunta es si podemos hacer “trampa” como habíamos hecho al ofrecer la opción (b). Imagínense que entran en la clase de Ariely y éste les muestra 6 productos. A continuación les entrega una hoja con cada uno de los productos listados y les pide que apunten las dos últimas cifras del DNI (en el caso del experimento son las dos últimas cifras de la SS ya que no tienen DNI) al lado de cada producto y respondan a lo siguiente: ¿estarían dispuestos a pagar esta cantidad en dólares por cada producto? Si, por ejemplo, mi DNI acaba en 3 y 5, pues tengo que responder, para cada producto, si pagaría 35$ por él. Finalmente, el profesor les pide que pujen por cada producto; quien gane la puja se lo llevará pagando la segunda puja más alta (esta subasta se llama “second-price auction”). Quizás se estén preguntando cual es la gracia del experimento… pues la gracia es que aquellos estudiantes que tenían una terminación del número de la SS entre 80 y 99 pujaron más (¡mucho más!) que los que tenían un número que acababa entre 00 y 19. Para que se hagan una idea, los primeros pujaron, de media, casi tres veces más alto que los segundos. Por ejemplo, los que tenían las dos últimas cifras de la SS entre 00 y 19 pujaron de media 11.73$ por la botella buena, mientras que aquellos cuyas dos últimas cifras de la SS estaban entre 80 y 99 pujaron de media ¡¡37.55$!! Los resultados exactos son los siguientes (los he copiado tal cual del libro):



Este fenómeno se llama “anchoring”, porque se consigue anclar la valoración de un producto con algo que no tiene nada que ver, como las últimas cifras de la SS. Hay un experimento similar aquí. Así pues, las valoraciones no se forman como pensábamos, si no que pueden ser influenciadas por cosas que no tienen absolutamente nada que ver. Eso sí, como explica Ariely, aunque estas valoraciones se formen en parte aleatoriamente, una vez formadas mantienen una cohesión interna: todos pujaron más por el teclado que por el ratón, o por la botella de vino buena que por la menos buena.

Esto es muy divertido, ¿pero de qué sirve exactamente? Algunos, como el propio Ariely, o Akerlof y Shiller, creen que estos resultados deberían llevar prácticamente a reescribir los modelos económicos. Sin embargo, otros economistas, como Steven Levitt, famosísimo por ser el autor de los estudios que aparecen en Freakonomics (el otro coautor del libro solamente se ha dedicado a relatarlos), señalan que estos experimentos llevados a cabo en “laboratorios” (en este caso, en una clase) tienen menos aplicación en la vida real de lo que se piensa; por ejemplo, otros economistas han hecho experimentos parecidos pero en el “campo” (en el lugar de trabajo, etc.), muchas veces sin que los participantes mismos lo supieran, y parece que estas desviaciones de lo que la teoría estándar indica son mucho menos pronunciadas que en los experimentos de laboratorio. La pregunta del millón es, pues, si el comportamiento humano se desvía lo suficiente de lo que la teoría estándar indica como para que tengamos que modificar muchos de los modelos que se usan actualmente. Honestly, I have no idea.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

10 mayo, 2010 a 15:55

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Deuda: ¿está Standard & Poor’s equivocada?

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La semana pasada S&P rebajó el rating de la deuda soberana española (esto es, la deuda que emite el gobierno) hasta AA. Para hacernos una idea, hay dos niveles más por encima: AA+ y AAA. Efectivamente, cuantas más As mejor. Hay muchos niveles por debajo de nosotros pero la verdad es que bajar a BB+ es un desastre (nivel Grecia, 6 niveles por debajo de nosotros). Empecemos por recordar que lo que dice S&P no es palabra de Dios, sino la valoración que hace del riesgo de impago de la deuda española una empresa que se dedica a eso, a evaluar riesgos, y que tampoco es que se haya lucido valorando activos en los tiempos precrisis. Dicho esto, y como apuntaba el profesor Montalvo en una entrevista reciente, que el gobierno critique la credibilidad de S&P por no haber predicho la crisis es realmente de chiste (o muy pero que muy cínico).

Así pues, ¿Cuál es la consecuencia de que S&P rebaje nuestro rating? Básicamente, que al gobierno (o sea, a nosotros) le saldrá más caro pedir prestado. Por lo que la clave de todo el asunto es: ¿tiene razón S&P?

Yo creo que sí, y voy a intentar exponer los motivos. España tiene una deuda pública bastante baja en comparación a los países de alrededor: poco más del 50% del PIB; sin embargo, la deuda total, pública+privada (gobierno + familias y empresas) es de las mayores de los países desarrollados: más del 350% del PIB. Para hacernos una idea, deberíamos destinar todo lo que produce España durante 3 años y medio a pagar la deuda para cancelarla. ¿Y por qué importa también la deuda privada si estamos hablando de la calificación de los bonos que emite el gobierno? Fácil: si la economía no crece (cosa que suele pasar cuando está terriblemente endeudada) no se generan tantos impuestos, el gobierno recauda menos, y le es más difícil ir devolviendo lo que debe. Así pues, la elevada deuda privada es el primer motivo. Imaginen ustedes que viene una empresa, llamémosla X, a pedir prestado. Les muestra su balance y, efectivamente, dado el tamaño de la empresa, no está excesivamente endeudada. Piensa si darle el préstamo o no, pero se le ocurre una pregunta: ¿cuáles son sus clientes? Y la empresa X le responde: empresas constructoras. ¡Cuidado! Porque es verdad, la empresa X no está muy endeudada… ¡pero sus clientes lo están hasta las cejas! ¿Cómo va a generar ingresos la empresa X si sus clientes estarán ocupadísimos pagando sus propias deudas a sus bancos y no les quedará para seguirle comprando?

El segundo es, cómo no, el paro. La tasa española ha rebasado ya el 20%, con lo que el gobierno tiene muchas más cosas a pagar (en concreto, un subsidio a más de 4 millones de personas) y, como antes, no ingresa impuestos (IRPF) de éstos.

Aunque una tasa del 20% parece un buen motivo para que los inversores desconfíen, el problema gordo de verdad es que esto no tiene pinta de descender a niveles precrisis en pocos años: en el momento de mayor borrachera económica, el paro bajó hasta el ¡8%! Fácilmente podemos imaginar que, en una situación normal, España no bajaría del 12%. En otras palabras, estos subsidios los tendrá que estar pagando mucho tiempo, En fin, menos dinero para pagar la deuda. Para ilustrarlo con nuestra empresa X, es como si ésta tuviera unos gastos enormes aparte de los normales, como por ejemplo otra deuda que le pidió a un usurero y que éste le cobra a un interés astronómico. Estos gastos extra a los que tiene que hacer frente ahora y durante al menos unos pocos años complicarán sobremanera que le devuelva lo que le preste.

Estas dos situaciones nos llevan a entender que España tiene un déficit público primario estructural muy alto. Traducido, que la diferencia entre ingresos y gastos del gobierno en condiciones normales (y SIN CONTAR el pago de intereses de la deuda) es muy alto, probablemente por encima del 3% del PIB. O sea, que sin reformas estructurales el gobierno necesita pedir prestado en situaciones normales: ¿cómo prestarle, entonces, cuando le va mal?

Esto nos lleva al gran problema: si no se hace nada, las cuentas públicas seguirán deteriorándose aunque la economía deje de caer y empiece a remontar. Siguiendo con nuestro ejemplo de la empresa X, ¿le prestaría a ésta si sabe que, aunque se recupere, seguirá perdiendo dinero? Of course not.

Para prestarle a esta empresa X, le pediríamos que hiciera algunos cambios. En concreto, le pediríamos que intentara incrementar sus ingresos y reducir sus gastos. Pues bien, el gobierno ya ha dicho que lo va a hacer: ha presentado un plan donde se unen la subida del IVA (incremento del ingreso) con un recorte de 15.000 millones en 3 años. Lo de los 3 años es porque, en 2013, se supone que vuelve alguna de las “condiciones” para estar en el Euro: límite del 3% de déficit (en 2009 fue del 11,4%). Así pues, si el gobierno ya ha prometido que va a hacer algo para reducir el déficit, ¿por qué es correcta la rebaja del rating? Pues por problemas de credibilidad del gobierno (“aprobaré el Estatut…” ah, no, esto era otra cosa), y porque las reformas necesarias para llegar a una situación sana no se atajan: nada sobre acabar con la dualidad del mercado laboral español, nada sobre el sistema de pensiones que puede obligar a subir contribuciones en 10-15 años, la reestructuración de las cajas está yendo mucho más lenta de lo ideal, y nada sobre una reforma profunda en la educación para conseguir de una vez por todas ser una economía del conocimiento. Los mercados lo ven, S&P lo ve, y por eso creen que el gobierno podría llegar a tener algún problema (la probabilidad es baja, al fin y al cabo AA es una buena calificación) para devolver la deuda. ¿Y quién puede culparles?

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

5 mayo, 2010 a 18:05

Kydland: consistencia de las políticas económicas y crecimiento

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Un par de semanas atrás tuve la suerte de asistir a una conferencia a cargo del premio nobel de economía de 2004, Finn E. Kydland, en la Fundación Rafael del Pino. Ésta iba del tema por el cual ganó el premio (conjuntamente con Prescott): la inconsistencia temporal de los gobiernos y sus efectos sobre el crecimiento a largo plazo.

Pero empecemos por el principio. Imagínense que existe un gobierno totalmente benigno que lo único que quiere es maximizar el bienestar de sus ciudadanos. Sí, ya sé que eso es complicado de imaginar, pero hagan un esfuerzo… Bien, pues estos dos economistas, Kydland y Prescott, demostraron que en este caso lo óptimo para el gobierno es “mentir”. Veámoslo con un ejemplo. Un gobierno quiere que la inversión en su país aumente. Lo que decide, entonces, es situar el impuesto sobre el capital a un nivel muy bajo, y promete que va a seguir así mucho tiempo. Gracias a ello, tanto los ciudadanos del país como de fuera se lanzan a invertir. Al cabo de, pongamos, 5 años, el nivel de capital de la economía ha aumentado muchísimo,  lo que hace muy apetecible incrementar dichos impuestos. De hecho, es óptimo que el gobierno lo haga –óptimo si quiere maximizar el bienestar de sus ciudadanos. Cuando trazó el plan inicial, no era lo óptimo ya que eso no hubiera atraído las inversiones. Cinco años más tarde, sin embargo, el plan óptimo CAMBIA (de eso va la inconsistencia temporal) y éste es subir impuestos ahora y bajarlos en el futuro, ya que las inversiones de ahora ya están hechas y por lo tanto no se van a retirar por subir impuestos. Además, cómo prometemos no volver a subirlos en un futuro, las inversiones seguirán llegando. Creo que el problema lo ve todo el mundo: quizás a la primera la gente “picará”, pero luego no se van a creer que el gobierno no los vuelva a engañar, lo que causará que ya no se invierta tanto en ese país, y por tanto el crecimiento a largo plazo caerá. La grandeza de los dos Premios Nobel fue de demostrar que esto ocurre ¡con un gobierno totalmente benevolente! No hemos entrado aquí en temas de si los políticos solo buscan réditos electorales ni nada de eso. No hace falta: el gobierno benevolente miente por sus ciudadanos. Entonces, ¿qué podemos hacer?

Déjenme añadir que este problema también sucede con la deuda pública. El gobierno puede “eliminar” parte de la deuda a través de aumentar la inflación. El proceso es sencillo: yo tomo prestado 1000 euros que pueden comprar 1000 aguacates, a devolver en un año al 5%. Si los precios no cambian, tendré que devolver en 12 meses 1050 aguacates. Pero, ¿y si hago que la inflación sea del 10%? Esto lo puedo conseguir si tengo la maquinita de crear dinero… si lo hago, solamente tendré que devolver ¡950 aguacates! (puntualización: realmente son 954,5454…). Porque sí, ahora hay que devolver 1050 euros, pero como todo cuesta un 10% más, en términos de lo que valen las cosas estoy devolviendo menos de lo que pedí prestado. Vemos, pues, que son  varias las ocasiones en las que hay incentivos para un gobierno “bueno” de mentir. ¿Cómo lo arreglamos? Se han inventado diferentes mecanismos, pero el principio básico es el mismo: átate de manos.

Pero volvamos al motivo por el cual es importante este resultado: el crecimiento a largo plazo de un país depende crucialmente de su inversión, tanto en capital físico como en humano. Si las promesas del gobierno no son creíbles, esta inversión se reducirá. Y las promesas de los gobiernos no son creíbles en incontables ocasiones debido a la preferencia por el corto plazo: subir hoy mismo el impuesto sobre los rendimientos de capital hará que ingresemos una buena cantidad de dinero, aun a costa del crecimiento futuro… pero si las elecciones son en un año y la caja pública está casi vacía, puedo anunciar a todo el mundo que he reducido el déficit y ganarlas de nuevo. Fíjense que, para mostrar cómo de grave es el problema en realidad, ahora sí hablamos de un gobierno que no es benevolente. El tema es, pues, cómo hacer creíble lo que se anuncia. Un método que se ha implementado en todo el mundo desarrollado es la independencia del Banco Central. Un problema que habían sufrido millones y millones de personas era la tendencia enfermiza de los gobernantes de hacer girar la manivela de la maquinita de hacer dinero. Todos hemos fantaseado alguna vez con tener nosotros el control de esta maquinita… pues imagínense cuando los gobernantes, sometidos a todas las presiones políticas posibles, pueden hacer con ella lo que quieran. El resultado se llama hiperinflación. Para evitar esto, hemos acordado que el que controla esta máquina, el Banco Central, tome sus decisiones sin influencia (teórica) del gobernante, sino con otros objetivos como la estabilidad de la inflación. Gracias a ello, hace muchas décadas que la inflación desbocada ha dejado de ser la principal preocupación de la economía. Y gracias a ello, los agentes que toman decisiones sobre inversión, sobre contrataciones, sobre producción, etc… pueden predecir con una precisión relativamente alta los precios futuros sin miedo que el gobernante de turno empiece a crear dinero para que se coma parte de la deuda (ejemplo de los aguacates).

Hay otros problemas a los cuales se enfrenta el gobierno con esta disyuntiva corto/largo plazo. Uno que está hoy a la orden del día, la reestructuración y limpieza del sistema bancario, tiene un precedente muy importante e ilustrativo de hace casi 30 años: México y Chile. A principios de la década de los 80, debido a la crisis de la deuda, estos dos países se encontraron en una situación de bancarrota: no podían devolver la deuda que habían contraído. No era solamente (ni mayoritariamente) el sector público, sino en gran medida empresas de estos dos países que habían tomado prestado de bancos extranjeros, muchos de ellos norteamericanos, y que ahora no podían devolver. Para salir de este problema, tuvieron que hablar con EEUU y pactar una refinanciación de esta deuda. Pero eso solamente era el primer paso: también había que ver cómo iban a pagarla. Podían tomarse un pequeño respiro, pero el sector bancario de esos países seguía estando mal. Aquí cada uno de ellos optó por un camino diferente: México fue dando ayudas a los bancos, para que estos se mantuvieran a flote como pudieran, para finalmente nacionalizarlos. Esta nacionalización permitió que el crédito no se detuviera demasiado, pero no limpiaba los balances de los bancos. Por otro lado, Chile optó por intervenirlos decididamente, ver cuáles estaban bien y cuáles no, obligar a una reorganización de las entidades para hacerlas más sanas, y finalmente reprivatizarlas. Puede sonar sencillo, pero esto es algo muy duro de hacer: significa dejar de prestar con tanta facilidad durante un tiempo, mientras a la vez los inversores se alejan de esas entidades intervenidas. Pero en cuanto acabas, tienes unos bancos relativamente sanos que pueden seguir con su actividad normal, esto es, prestando dinero a particulares y empresas. Pues bien, ¿cuál creen que fue el resultado? Muestro un gráfico con la evolución de ambos países a partir de 1980 (no es que empiecen iguales, sino que queremos ver la diferente evolución a partir de 1980, por lo que hacemos “como si” empezaran iguales).


Como apunte, el PIB de Chile era menor al de México en 1980. En 1982, Chile sufrió una caída brutal de su PIB del 16%, seguida el año siguiente con otra caída del 5%. Sin embargo, a partir de entonces pudo empezar a crecer rápidamente, y en 1989 volvía a los niveles de 1981. México, por otra parte, no cayó tanto al principio (un 5% el primer año, y un 8% el segundo) pero no pudo encontrar una senda de crecimiento más o menos estable hasta mediados de la década de los 90. ¿El resultado?  El PIB chileno en 2007 fue más del doble (un 233%) que el que tenía en 1980, mientras que el mexicano solamente ha llegado a ser un 20% mayor.

Hay algunas comparaciones más que Kydland hizo (por ejemplo, Finlandia vs Japón, o Irlanda vs cualquier otro PIGS) pero todas apuntan a la misma dirección que la que acabamos de ver: hacer unas políticas consistentes y creíbles y no caer en la tentación del corto plazo se ha mostrado históricamente como una de las mejores maneras de garantizar un crecimiento a largo plazo. Para lograrlo, hemos visto como los gobernantes se atan de manos (Banco Central independiente, límite del 3% de déficit público en la zona euro, límite de 60% de deuda pública –estás dos últimas, suspendidas al menos hasta 2013-, límites a las ayudas a la industria del país, …), sobre todo en los países desarrollados. Sin embargo, falta conseguir que sigan el mismo camino los países en desarrollo, que son a los que más falta les hace. Aunque, la verdad, no pinta nada bien, con el ascenso de líderes populistas al poder y la fragilidad de las instituciones democráticas en muchos de estos países. Pero bueno, seamos optimistas y quién sabe, si la disciplina a los gobiernos no se impone desde dentro quizás venga desde fuera… ¿alguien ha dicho China?.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

26 abril, 2010 a 12:55

Escrito en General

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Esther Duflo

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La John Bates Clark Medal es un premio que se da anualmente (hasta ahora había sido cada dos años) al economista menor de 40 años que ha hecho la mayor contribución a la ciencia económica. Este premio es el segundo más prestigioso, solamente por debajo del Nobel, y de hecho muchos de los que lo han recibido se han hecho luego con el premio que otorga el Banco de Suecia. Por citar algunos, la medalla la recibieron Samuelson, Friedman, Arrow, Solow, Becker, Stiglitz, Krugman… todos ellos recibieron el Nobel años después. Recientemente se ha otorgado a Steven Levitt, conocidísimo autor de Freakonomics, o Daron Acemoglu, actualmente el puntal en la rama de Institutional Economics.

Pues bien, después de la introducción del premio, hablemos de quién lo ha ganado en 2010: Esther Duflo, profesora en MIT, de 37 años, cofundadora del Abdul Latif jameel Poverty Action Lab, y una de las primeras personas en analizar de forma seria la efectividad de ciertas políticas de desarrollo a nivel microeconómico. Créanlo o no, pero no hay evidencia empírica de que la ayuda externa influya positivamente en el crecimiento de un país subdesarrollado (hablaré un día largo y tendido de ello). Pues bien, Esther Duflo y otros economistas se han dedicado a estudiar muy de cerca qué pequeñas medidas son efectivas para reducir la pobreza. Acciones que no son extremadamente caras y que tienen un impacto real. Cogiendo uno de sus papers, ¿qué pasaría si incorporáramos un profesor extra en las escuelas de Kenia? Según casi todo el mundo, esta es una gran idea pues permite que las clases sean más reducidas y, por lo tanto, atender mucho mejor las necesidades del alumno. Pues bien, esta lógica tiene un problema crucial: está hecha céteris paribus. Efectivamente, si nada cambia, un profesor más puede ser beneficioso. Pero es que hay cosas que cambian, por ejemplo los incentivos del profesor que ya estaba a acudir a clase: el trabajo de Duflo encuentra que estos profesores faltan mucho más a clase, ya que ahora hay un profesor nuevo que puede encargarse de todo el curso. Esto hace que el beneficio potencial de tener un profesor más sea contrarrestado por la mayor ausencia del otro. En otras palabras, se tira dinero a la basura. No estoy seguro de si a los gobiernos occidentales les importan estos resultados, pero a los ciudadanos debería, pues al fin y al cabo es en parte nuestro dinero.

En otro paper, estudia la implementación de un programa muy simple: entregar una cámara fotográfica a los profesores para que hagan una foto diaria con los alumnos para demostrar que han asistido a clase, y hacer que su salario dependa de ello. Este experimento, llevado a cabo en India, dio como resultado un descenso de la tasa de ausencia ¡del 42% al 21%! De esta forma, se consigue la asistencia del profesorado incluso cuando éste se encuentra en pueblos alejados a un bajo precio.

Finalmente, tiene un paper excelente titulado The Economic Lives of the Poor, de largo mi favorito: hace un estudio de cómo distribuyen la renda aquellos individuos que viven en la pobreza extrema. De hecho, yo no había leído ningún trabajo que se fuera a miran en qué se gasta el dinero una persona que gana un dólar al día. Ella lo hace, y sorprendentemente encuentra cosas como que se gastan una parte considerable en entretenimiento (festivales, bodas, …). Sinceramente, no creo que nadie que no haya leído este trabajo (o estado viviendo de cerca la pobreza, claro) pueda hablar sobre la pobreza y qué hay que hacer para solucionarla.

Ésta es, pues, Esther Duflo, la última ganadora de la John Bates Clark Medal, y muy posiblemente, si sigue así, la primera economista ganadora del Nobel. Congratulations, Esther.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

25 abril, 2010 a 9:23

Escrito en Pobreza

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¿Importa tener líderes con una buena educación?

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Hace unas semanas, Luis Garicano hablaba en NadaEsGratis sobre la importancia del capital humano en los gobiernos. La comparación entre el Gobierno entrante de Chile con el español ponía los pelos de punta: mientras que en el chileno encontramos a solamente uno de los componentes sin estudios de postgrado (nótese el prefijo), en el gobierno español éstos son la mayoría (11/17), de los cuales dos de ellos no tienen ni tan siquiera una carrera universitaria (porque carrera política sí, y muy larga –quizás demasiado). Y aquí no acaba la cosa: siete de ellos han estudiado únicamente la licenciatura de Derecho. Y si nos vamos a las universidades donde han estudiado, la cosa se vuelve aun más triste: los miembros del gobierno chileno han estudiado en Harvard, Minnesota, MIT, Chicago, Stanford, Northwestern… ¿los españoles? Solamente Rubalcaba –químico- ha trabajado en universidades francesas y alemanas, Aído estudió en Northumbria –Business Administration- y Sebastián tiene un PhD en economía por Minnesota. Tres (¡de diecisiete!) han estudiado fuera. La comparación, como podemos apreciar, es deprimente.

¿Pero tiene eso algo que ver con el crecimiento de un país? Esto es lo que Timothy Besley (LSE), José García Montalvo (UPF) y Marta Reynal Querol (UPF), por cierto los tres son ex profesores míos, han querido estudiar en un paper de título “Do Educated Leaders Matter?”. Se preguntan la relación entre la educación de los líderes y el crecimiento del país. En concreto, se quiere saber si la educación del líder de un país tiene un impacto en el crecimiento económico. Para responderlo, dividen el ejercicio en tres partes. Empiezan mirando si la identidad del líder –sus características personales, tanto las que se pueden medir (educación) como las que no (carisma)-  influye en el crecimiento de un país. Responden afirmativamente. El segundo ejercicio es el de ver si la educación del líder influye en el crecimiento. Encuentran que sí en el caso de que posea un postgrado, aunque no en el caso de que posea una licenciatura: en otras palabras, hay una diferencia significativa en el crecimiento de un país cuando el líder posee un postgrado y cuando no lo tiene, mientras que esta diferencia es muy pequeña (no es significativa) si comparamos cuando el líder tiene licenciatura y cuando no la tiene (obviamente, todos los que tienen postgrado tienen también licenciatura). Sin embargo, hay algunos problemas. Para los que tengan nociones de econometría, es clara la dificultad de ver causalidad en dicha relación. Para los que no, vayamos con un ejemplo.

Queremos ver si comer helado (tener más educación) aumenta la probabilidad de ruptura de una pareja (aumenta el crecimiento económico de un país). Nos ponemos a estudiarlo, y nos aparece una relación muy fuerte entre ambos hechos: cuando observamos más consumo de helados, observamos también más rupturas de parejas… ¡pero eso no es lo que nosotros queremos averiguar! Porque resulta que en verano, cuando más helado se consume, también es cuando más parejas se rompen, por lo que es normal que veamos una relación sin que ello signifique que el consumo de helados causa las rupturas. Eso lo podemos solucionar fácilmente con la econometría: simplemente “controlamos” por otros factores, como la temperatura media o la estación del año. Sin embargo, aun nos queda otro escollo: puede que empecemos a comer helado porque estamos deprimidos debido a que nuestra relación ya no funciona. Si en poco tiempo se acaba rompiendo, ¡en nuestro cálculo parecerá que los helados causan las rupturas! Pero, de nuevo, esto no es lo que queremos. ¿Cómo lo solucionamos? Este es uno de los problemas más graves que nos encontramos: la endogeneidad. Cuando queremos ver cómo afecta A a B, y no tenemos en cuenta que quizás B también afecta a A. La forma de solucionarlo es la siguiente: debemos encontrar una variación de A que sepamos que no tiene nada que ver con B. ¿Por ejemplo? Imaginen que, por ley, se prohíbe comer más de un helado al día, y que la policía está bien atenta por si alguien la infringe. Cuando se aplique esta ley, veremos un descenso del consumo de helados… ¡sabiendo que eso no tiene nada que ver con si la gente está bien o mal con su pareja! Entonces, podemos estudiar si este descenso hace que las parejas se rompan menos, y voilá. Sencillo, ¿verdad? Pues lo mismo han hecho los tres autores.

Es bastante posible que en los países con mayor crecimiento tiendan a escoger a líderes más educados. Podemos tener países con instituciones bien establecidas que permitan un buen crecimiento a largo plazo y un mayor acceso a la educación superior, lo que puede provocar que encontremos una relación positiva en las variables que estudiamos sin que ésta sea causal. Entonces, ¿cómo lo han hecho ellos? Pues han cogido variaciones en el nivel de educación del líder del país (sea éste primer ministro, presidente, dictador, rey,…) que creen que no tienen nada que ver con el crecimiento económico: la retirada del líder por muerte o enfermedad. Si solo estudiamos el efecto de escoger un líder con PhD en el crecimiento de los años siguientes podríamos tener problemas, como hemos visto con el ejemplo del helado. Pero si este PhD muere de un ataque al corazón y quien lo reemplaza inmediatamente tiene una licenciatura, esta diferencia es mucho menos endógena y mucho más aleatoria (se puede argumentar que incluso esta diferencia es endógena, pero nadie ha encontrado una mejor forma de hacerlo). Si miramos la diferencia entre el crecimiento del país mientras está el primer líder (el que dejará el poder por causas exógenas) y mientras está el siguiente, y vemos como se relaciona esta diferencia con la diferencia en niveles educativos, nos habremos acercado a lo que buscamos. Eso es lo que hacen los autores, y aquí van los resultados.

Primero de todo, observan que este tipo de cambio de líder es malo para el crecimiento de un país: en pocas palabras, si ambos líderes tienen la misma educación, cuando el primero deje el poder por circunstancias imprevistas y el segundo tome el mando, el crecimiento se resentirá. Por lo tanto, sabiendo que es malo que haya este tipo de “shock” en el liderazgo, queremos saber si es más o menos malo cuando el que había primero tenía más educación que el que vino después. De esta forma estaremos cerca de saber si la educación el líder influye en el crecimiento. Y la respuesta es que sí: pasar de un líder con postgrado a un líder sin postgrado es mucho peor para el país que cuando el segundo también tiene postgrado. Lo mismo sucede cuando el líder saliente tiene una licenciatura y el entrante no la tiene.

Llegan a la conclusión, entonces, que la educación del líder es importante para el crecimiento del país, y que cuanto mayor es ésta, mayor será el crecimiento. In other words, educated leaders DO matter. Tanto cuando analizamos todos los datos como solamente aquellos en los que ha habido un cambio de líder exógeno, la evidencia apunta hacia la misma dirección. Con estos resultados, la envidia hacia Chile y su gobierno no hace más que incrementarse: su presidente, Santiago Piñera es PhD en Economía por Harvard. ¿El nuestro? Licenciado en Derecho por la Universidad de León. Como dijo Schuster, no hase falta desir nada más.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

13 abril, 2010 a 18:25

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La pobreza también disminuye en África

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Éste no será un artículo tan extenso como los anteriores. Mi primera intervención en este blog, aparte de la presentación, fue para hablar sobre la evolución de la pobreza. Pues bien, ahora Pinkovskiy y Sala-i-Martín publican sus resultados sobre la evolución de África(1). Usan la misma metodología que ya comenté: miran el ingreso por cápita y se valen de estadísticas nacionales para construir la media y encuestas para determinar la desigualdad. Cabe mencionar que, con el tiempo, se van mejorando estos datos. Recordemos que el primer Objetivo de Desarrollo del Milenio quería reducir a la mitad, en 2015, la tasa de pobreza que había en 1990. Así pues, ¿cuáles son los resultados?

¡Esperanzadores! No cabe otro adjetivo para describirlos… el continente olvidado, que durante la década de los ochenta vivió numerosas guerras, sufrió de una terrible epidemia llamada virus del VIH, que hace años y años recibe ayuda externa sin que ello signifique ninguna mejoría, resulta que desde hace 15 años está creciendo de forma importante y trayendo consigo la pertinente reducción de pobreza. Las estimaciones de estos dos economistas son claras: la proporción de africanos por debajo de la línea de pobreza (1$ diario de 1990) era del 41,6%; esta cifra se había reducido hasta el 31,8% en 2006. Siguiendo con la tendencia, se conseguiría reducir a la mitad la tasa en 2017, dos años después de lo “debido”, cuando ésta sería, obviamente, del 20,8%. Esto son solamente proyecciones, pero el dato de 2006 es real. Los autores han realizado varios test de “robustez”, que es algo que hacen los economistas que quieren asegurarse de que su resultado es fuerte y no ha salido de forma casual por haber utilizado una definición de desigualdad y no otra, por poner un país muy grande que distorsiona todo el análisis, etc. Todos validan las conclusiones: ha habido una disminución significativa de la pobreza entre 1990 y 2006. De hecho, ésta se da a partir de 1995, lo que le otorga más mérito aun.

Además, se realizan unas cuantas comparaciones para ver si algunos países se están quedando rezagados. Esto responde a varias teorías: quizás los que tienen una geografía más adecuada para la agricultura se desarrolla mejor, o a lo mejor esos países ricos en minerales u otras materias han conseguido crecer más. Quizás las partes más afectadas por la esclavitud no han mejorado tanto, o puede que eso dependa, también, de qué países son ex colonias. Todas estas comparaciones (y alguna más que me dejo) se realizan en el paper, y la conclusión a extraer es clara: si bien es cierto que se aprecian diferencias en estas comparaciones (es curioso que aquellos países con menos recursos naturales hayan conseguido disminuir más la pobreza, llegando a mejorar a aquellas zonas donde más abundan, incluso cuando estas últimas partían de rentas mucho mayores: hablaré de ello en el siguiente artículo), en cada caso se aprecia una disminución de la pobreza. Dicho de otro modo, no hay “barreras” que impidan dicha disminución: por ejemplo, los países de la costa tienen mucha más renta por cápita (la diferencia se ha recortado algo con el tiempo, pero sigue siendo mucha) que los interiores,  pero estos últimos han conseguido rebajar la tasa de pobreza ¡en casi 20 puntos!, quedándose tan solo a unos 6 puntos de los costeros.

Para finalizar, les comento que también se analiza la desigualdad, que ha disminuido ligeramente desde el inicio de la muestra (1970) si bien la caída ha sido muy pronunciada a partir de 1990. Se computa, además, una función de bienestar propuesta por el premio nobel de economía Amartya Sen: bienestar=PIBporcápita*(1-GINI). ¿Claro, no? El bienestar aumenta con la riqueza… pero disminuye con la desigualdad. Esta medida se dispara a partir de 1995, aumentando un 30% hasta 2006. En fin, les recomiendo a los que tengan un mínimo de conocimientos de inglés que se atrevan a leer directamente el trabajo, aunque su nivel de economía no sea excesivamente elevado, porque no es para nada un texto técnico (quizás mejor si saltan directamente al apartado 3, que empieza en la página 6). África está en una senda muchísimo mejor de la que estaba en la década de los ochenta y principios de los noventa. Si esto sigue así, y si no se ha visto excesivamente afectada por la crisis, se habrá conseguido uno de los mayores retos que le faltaba a la humanidad: conseguir que el continente africano ande por sí solo.

(1) Pinkovskiy y Sala-i-Martin, 2010.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

29 marzo, 2010 a 22:01

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Pensiones: argumentos sin sentido

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Hacía tiempo que tenía ganas de hablar de pensiones. No es que sea un experto en el campo, pero para rebatir ciertas afirmaciones la verdad es que no es necesario. Para hablar del tema hay que tener en cuenta básicamente dos cosas: mucho de lo que se ha dicho está absolutamente politizado, y las previsiones que hacemos los economistas no son perfectas. De lo primero poco hay que decir. Sobre lo segundo, cabe reflexionar sobre la tarea “social” que parece que tenemos los economistas de predecir todo lo malo que pueda pasar. Ahí va la reflexión: no tenemos esa tarea, cada economista se dedica al tema que le interesa, y punto. Si a mí me va estudiar cómo se traslada el incremento en educación a incrementos en productividad en Kenia (y me pagan por ello), lo hago y no me paso el día mirando si va a haber una crisis o no. Esto lo comento por las voces que salen cargando contra los economistas por no predecir la crisis, y que si nos hemos equivocado, que si tenemos que reescribir toda la teoría económica, etc. Como apunte al margen, me juego lo que quieran que la profesión de los que escriben esas tonterías no es ni una décima parte tan rigurosa como lo es la investigación económica. Además, una previsión no es nada seguro: quizá se cumple, quizá no. Puede que lo que pensemos que va a ocurrir parezca razonable ahora, pero que no lo sea en 30 años. Eso no significa que no valgan de nada, sino que debemos cogerlas como son, como previsiones.

Así pues, empecemos. El objetivo principal de este artículo es rebatir con mayor o menor acierto algunos argumentos que se han dado que apuntan a que al sistema de pensiones español no le pasará nada. Como ejemplo, el documento de Attac o un artículo de uno de sus firmantes, Vicente Navarro. Hay que dejar claro, sin embargo, que los argumentos que comentan ellos no se están discutiendo en el ámbito académico, debido a lo poco de académico tienen. No entraré, tampoco, a señalar los obvios sesgos ideológicos en sus exposiciones… o quizás sí, pero más adelante. Iré directo a los argumentos, ya que éstos pueden calar en la opinión general. Como última consideración, todo lo que expondré aquí no es para defender la propuesta de reforma que ha hecho el Gobierno, sino, en todo caso, para defender la necesidad de hacer alguna reforma.

Una de las afirmaciones que hacen es que el hecho de que haya aumentado la esperanza de vida no significa que los españoles vivamos más: “Tales documentos asumen erróneamente que el hecho de que la esperanza de vida promedio de España haya pasado de ser 76 años a 80 años en veinticinco años (1980-2005) quiere decir que el promedio español vive ahora cuatro años más. Ello no es cierto”. Esto no tiene ningún sentido. Quiero decir, lo tiene para él y para todo aquél que vive obsesionado con hablar de clases sociales. Pero es que el profesor Navarro lo explica tan mal que suena a chiste. Lo que quiere decir es que puede que no es que ahora vivamos más años, sino que más personas llegan a viejos. Lo dice para defender que los pobres viven igual que antes, y que por lo tanto cualquier retraso en la jubilación que se proponga irá en su contra. No lo hace explícito, simplemente apunta a que es erróneo. O sea, no ofrece una estimación de los años de más que vivimos, que pueden ser menos de cuatro.  Sin embargo, mirando las estimaciones del INE nos damos cuenta que, en 1991, la esperanza de vida para un varón a los 65 años era de 15,60 años más, mientras que en el 2007 se situaba en 17,68. Aquí no hay trampa ni cartón. Claro que saldrá el profesor ahora diciendo que esta medida no tiene en cuenta la diferencia de clases sociales. Es verdad, pero que yo sepa las pensiones las cobran todos los trabajadores (que hayan cotizado), ricos o pobres.

El segundo argumento es todavía más perverso: se nos dice que no pensamos en las mejoras de productividad. El razonamiento está articulado de la siguiente forma: Sabemos que ahora hay unas cuatro personas en edad de trabajar por cada mayor de 65 años, pero que en 2049 se prevé que esta proporción sea de 1,75 a uno. Pero claro, no tenemos en cuenta las mejoras en la productividad. Por ejemplo, si asumimos un crecimiento de la productividad del 1,5% anual en los próximos 40 años (en los últimos 15 éste ha sido aproximadamente del 0%…), significa que prácticamente se habrán doblado los salarios. ¿Que tenemos que dedicar más proporción del PIB a pagar pensiones? ¡No importa! Como cobraremos el doble, dedicar el doble de porcentaje (pasar del 7,5% al 15% -esto se estima para el 2060, pero para este ejemplo no importa) no es nada. Hagamos las matemáticas: si ahora cobro 1000 y tengo que dedicar 75 euros (7,5%) a pagar pensiones, cuando cobre 2000 tendré que dedicar 300 euros al tema (15%), lo que significa que antes me quedaban disponibles 925 € ¡y ahora 1700! Ergo, no importa que suban las cotizaciones, seguiremos siendo más ricos que ahora. Primero de todo, solo faltaría. Quizás es chocante para los que predicen el apocalipsis que nos va a traer el capitalismo, pero para los que lo defendemos, nos resulta obvio que el nivel de vida dentro de 40 años será mucho mayor al actual. Ya sabemos que aumentando las cotizaciones podremos pagar las pensiones futuras. Aquí no hay discusión. La cuestión es si es lo acertado. Este tipo de análisis parecen olvidar una palabra muy típica de economistas llamada incentivos. Si yo sé que van a aumentar las contribuciones en España dentro de unos años, ya me ocuparé de no estar trabajando por aquí en ese momento. Más contribuciones igual a menos trabajo por ambos lados, oferta y demanda. No estamos diciendo que el país se irá a pique, sino que serán necesarios o más ingresos o menos gastos o ambas cosas a la vez llegados a un determinado momento. Y el propio Vicente Navarro lo admite al aceptar el argumento de que habrá que dedicar más porcentaje del PIB.

Finalmente, está el argumento de que otros estudios ya se han equivocado a la hora de hacer proyecciones. Como ya se ha apuntado anteriormente, las proyecciones no son perfectas, y que alguna haya fallado no significa que las siguientes sean necesariamente falsas. Pueden serlo, o pueden no serlo, ya se verá, pero eso no es motivo suficiente para no hacer nada. Sin embargo, no nos engañemos. Los que prepararon este informe de Attac no creen que no haya que hacer nada. Saben que llegará un momento en que será necesaria alguna reforma. Lo que pretenden, desde una base puramente ideológica, es que se arregle a base de destinar parte de los Presupuestos Generales a las pensiones. Pero si se quiere defender esta idea, ¡háganlo de frente! No intenten invalidar unas previsiones en base a argumentos tan flojos simplemente porque saben que, a día de hoy, la opinión mayoritaria – ¡que todavía son trabajadores!- no querrá destinar aun más dinero al Estado. No vayan de científicos académicos con argumentaciones dignas de primero de carrera y con falacias ad hóminem (no olvidemos el uso exhaustivo de la palabra liberal), cuando lo que les mueve es un odio acérrimo a todo lo que suene a privado. Preséntense simplemente como movidos por convicciones ideológicas y no ensucien más el ya bastante perjudicado nombre de las ciencias sociales.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

24 marzo, 2010 a 14:13

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Lo que los economistas creíamos saber

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En esta crisis, se viene diciendo que los economistas nos hemos equivocado. Se ha escrito que la base de la ciencia económica, tal y como la conocemos, es errónea y que hay que replantearselo todo de nuevo. Un ejemplo lo tenemos en un artículo de Andy Robinson bastante infumable en La Vanguardia. No nos engañemos: la ciencia económica es tremendamente válida. No se puede sustituir ni por la sociología ni la psicología. Es obvio que debe beber de ellas; ¡pero eso ya lo lleva haciendo durante bastante tiempo! El Premio Nobel Gary S. Becker, hace más de 30 años, ya empezó a explicar comportamientos humanos que antes se dejaban a la sociología. Y desde hace bastante tiempo se está desarrollando una rama que se llama “behavioral economics” (economía del comportamiento) que gana interés con el tiempo: el Nobel de 2002 se otorgó a Daniel Kahneman “por haber integrado los avances de la investigación psicológica en el análisis económico”. Pero estos nuevos enfoques los acomodamos a la base que ya tenemos. Lo siento para los que les pone nerviosos el tema de mercados eficientes: la mayoría lo siguen siendo. Sin embargo, es verdad que a la hora de determinar la política macroeconómica –ya explicaré a qué me refiero- hay cosas que pensábamos que sabíamos y resulta que tenemos que cambiar. Y nadie mejor para hablar de este tema que uno de los más importantes macroeconomistas neokeynesianos, y economista jefe del FMI, Olivier Blanchard. Hace menos de un mes escribió una nota sobre ello, y es esta nota la que comentaré a continuación. Serán dos artículos en los que hablaré, primero, de lo que los economistas creíamos saber y, segundo, de lo que hemos aprendido después de la crisis. Por cierto, para los que escriben eso de “Keynes ha vuelto”, que sepan que la política macroeconómica se lleva a cabo siguiendo modelos neokeynesianos, donde se incorporan mercados incompletos y precios rígidos; en otras palabras, Keynes no se había ido (mal que nos pese).

¿Qué pensábamos que sabíamos antes de la crisis? El punto principal es que pensábamos que para conseguir una economía estable solamente necesitábamos mantener la inflación estable. Déjenme detallar un poco este punto. Hay un concepto en economía llamado “output gap”, que es la diferencia entre el PIB que tendría una economía si todo funcionara como la seda, y el PIB que en realidad tiene. La gracia es que el PIB que habría si todo funcionara bien (llamémosle “PIB potencial”) fluctúa muy poco, ya que depende de factores que cambian lentamente (infraestructuras, tecnología,…). Sin embargo, el PIB de verdad puede fluctuar mucho por otros temas. Lo que nos dicen los modelos que usamos es que si mantenemos un nivel de inflación estable, conseguiremos “cerrar” el output gap. En otras palabras, el PIB que tendremos será el potencial, y habrá pocas fluctuaciones. En síntesis, habrá estabilidad. Es verdad que sabíamos que a la práctica no podíamos alcanzar el PIB potencial, pero aunque solamente nos acercáramos lo máximo posible, sería un éxito. Este es el motivo por el cual los que se encargan de hacer política monetaria –los bancos centrales- intentan mantener la inflación estable. Cabe mencionar que, como hemos dicho, el modelo incorpora varias “rigideces”, como que haya cambios súbitos en el precio del crudo, o que los consumidores cambien de golpe sus preferencias (en cierto sentido, que se comporten de modo irracional).

De acuerdo, la inflación estable parece buena, ¿pero por qué al 2%? Aunque quizá a mucha gente se le escape, tener un objetivo de inflación del 2% puede ser peligroso. Asociado a una inflación baja están unos tipos de interés nominales (los que fijan los bancos centrales) bajos. Como no se puede bajar del 0% de tipo de interés nominal, eso significa que hay poco margen de maniobra si hay problemas y se quiere utilizar una política monetaria expansiva (bajar los tipos). Dicho de otro modo, puede ser más difícil de combatir el peligro de la deflación. Ya hemos visto en esta crisis que hubo momentos en los que los reguladores se ponían nerviosos con las caídas de precio, porque ya habían bajado los tipos de interés nominales a corto plazo a casi al 0%,  pero finalmente no hemos tenido ese problema. En parte, pues, podríamos decir que los economistas estábamos acertados en este tema.

Hasta aquí todo bien: debemos tener una inflación estable, y que ésta sea baja. Otra cosa que creíamos saber es que, para ello, solamente era necesario usar el tipo de interés: en concreto, el tipo de interés a corto plazo que los bancos centrales controlan a base de prestar dinero a los bancos comerciales. Sin entrar en detalles técnicos de los modelos, diré que esta conclusión se basaba en dos supuestos:

  1. Los efectos reales (los que importan) de la política monetaria tienen lugar a través de los tipos de interés y de los precios de los activos.
  2. Todos los tipos de interés y los precios de los activos están relacionados a través del arbitraje. Eso significa que no puede existir, ex-ante, una forma de hacer dinero automática: por ejemplo, pedir prestado a un tipo de interés del 2% e invertirlo, sin riesgo, al 3%. Eso no significa que no puedas ganar haciendo eso, sino que hay posibilidades de que pierdas.

La intuición es la siguiente: como todos los precios de activos y tipos de interés (a largo y a corto plazo) están relacionados, fijando solamente uno de ellos –el que más fácil se puede controlar- se consigue controlar la inflación. Hay que añadir, sin embargo, que los bancos comerciales (donde ponemos nuestros ahorros) son una excepción, y que para controlar la cantidad de crédito que dan se tiene otro instrumento: la cantidad de reservas (la parte de los depósitos que estos bancos no pueden prestar). También se entendía el peligro de los pánicos bancarios (cuando la gente corre a retirar sus depósitos por miedo de quiebra) y por eso se establecieron fondos de garantía de estos depósitos. Seguimos viendo, pues, que aunque no se tenía plena consciencia de otros peligros, tampoco se trabajaba sobre modelos en donde todo funciona perfectamente.

El cuarto tema era la política fiscal: la intuición general no le daba excesiva importancia en su rol para la estabilidad macroeconómica. Cuando hablamos de política fiscal, por si no queda del todo claro, hablamos de impuestos y programas de gasto y transferencias. Pongámonos en contexto: esta intuición ha venido formándose desde principios de los ochenta. Veamos los motivos por los cuales se pensaba así. Primero, si una inflación estable permitía eliminar el “output gap”, ¿para qué necesitábamos política fiscal? Además, era una época con grandes niveles de deuda pública, por lo que los gobiernos debían centrarse en reducirla, cosa que a su vez ya ayudaba a la estabilidad macroeconómica (solo hace falta ver que, hoy en día, los países con mayor deuda pública están sujetos a mayor inestabilidad). Pensemos también en que se tarda un tiempo en diseñar e implementar una política fiscal cualquiera, y las recesiones de las últimas décadas (exceptuando Japón) duraban relativamente poco. Finalmente, la política fiscal está mucho más distorsionada por temas políticos que la monetaria. Por todos estos motivos, la política fiscal tenía un rol secundario. Sin embargo, eso era entre académicos: a la hora de la verdad, los estímulos fiscales se han llevado a cabo cuando la economía ha ido mal. Se ha seguido hablando de los “estabilizadores automáticos” como deseables. Estos estabilizadores automáticos son los que cuando hay crecimiento hacen que el gasto público baje y el ingreso suba, mientras que cuando hay recesión es al revés. En resumen, aunque en la teoría económica dejaba la política fiscal en segundo plano, ésta ha sido de gran importancia a la práctica, como demuestra el hecho de que el gasto público en relación al PIB ha ido aumentando en los últimos años.

Hablemos ahora de regulación financiera. Una aclaración antes que todo: el sector financiero es el más regulado de la economía. Lo era hace 30 años y lo sigue siendo ahora. Si bien ha habido ciertos cambios regulatorios en el sector, sigue estando profundamente regulado. Aclarado este punto, sigamos. Como ya se ha intuido, en los modelos la intermediación financiera (lo que hacen los bancos) no jugaba un papel central. Se pensaba que el sector financiero funcionaba más o menos bien, y que si tenía algún problema, jugando con el tipo de interés nominal a corto plazo podíamos solucionarlo. No pensábamos, para nada, en la regulación financiera como otra herramienta para la estabilidad macroeconómica. La regulación financiera se basaba en proteger al consumidor y en vigilar a las entidades financieras una por una, pero no como un todo. El objetivo principal de dicha regulación no era la estabilidad del sector, sino más bien de sus actores. Poca atención se ponía en el grado de interconexión que hay entre bancos. Hay que puntualizar, de hecho, que hubo algunas excepciones: España, por ejemplo, impuso las provisiones de capital contracíclicas (ir haciendo un colchón en los buenos tiempos para tener más seguridad en los malos), lo que se considera una forma de estabilizar el sistema. Pero en general este tipo de medidas estaban mal vistas, más aun cuando las economías crecían a pleno rendimiento.

Finalmente, debemos añadir que era fácil equivocarse: desde los 80 (algunos dicen incluso que desde antes) hemos vivido una época conocida como “la gran moderación”, con cada vez menos inestabilidad en el PIB y en la inflación en casi todas las economías avanzadas. Obviamente, esto parecía confirmar que habíamos dado con la fórmula correcta. Solamente hace falta pensar en lo que pasó después del incremento del precio del petróleo en los 70, y un incremento similar en la última década: la última vez las economías respondieron mucho mejor. Lo mismo pasó con otros problemas, como el estallido de la burbuja de las puntocom. Esto no hacía más que confirmar lo bien que lo hacíamos.

Y en 2007, la crisis llegó.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

2 marzo, 2010 a 12:21

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