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Kydland: consistencia de las políticas económicas y crecimiento

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Un par de semanas atrás tuve la suerte de asistir a una conferencia a cargo del premio nobel de economía de 2004, Finn E. Kydland, en la Fundación Rafael del Pino. Ésta iba del tema por el cual ganó el premio (conjuntamente con Prescott): la inconsistencia temporal de los gobiernos y sus efectos sobre el crecimiento a largo plazo.

Pero empecemos por el principio. Imagínense que existe un gobierno totalmente benigno que lo único que quiere es maximizar el bienestar de sus ciudadanos. Sí, ya sé que eso es complicado de imaginar, pero hagan un esfuerzo… Bien, pues estos dos economistas, Kydland y Prescott, demostraron que en este caso lo óptimo para el gobierno es “mentir”. Veámoslo con un ejemplo. Un gobierno quiere que la inversión en su país aumente. Lo que decide, entonces, es situar el impuesto sobre el capital a un nivel muy bajo, y promete que va a seguir así mucho tiempo. Gracias a ello, tanto los ciudadanos del país como de fuera se lanzan a invertir. Al cabo de, pongamos, 5 años, el nivel de capital de la economía ha aumentado muchísimo,  lo que hace muy apetecible incrementar dichos impuestos. De hecho, es óptimo que el gobierno lo haga –óptimo si quiere maximizar el bienestar de sus ciudadanos. Cuando trazó el plan inicial, no era lo óptimo ya que eso no hubiera atraído las inversiones. Cinco años más tarde, sin embargo, el plan óptimo CAMBIA (de eso va la inconsistencia temporal) y éste es subir impuestos ahora y bajarlos en el futuro, ya que las inversiones de ahora ya están hechas y por lo tanto no se van a retirar por subir impuestos. Además, cómo prometemos no volver a subirlos en un futuro, las inversiones seguirán llegando. Creo que el problema lo ve todo el mundo: quizás a la primera la gente “picará”, pero luego no se van a creer que el gobierno no los vuelva a engañar, lo que causará que ya no se invierta tanto en ese país, y por tanto el crecimiento a largo plazo caerá. La grandeza de los dos Premios Nobel fue de demostrar que esto ocurre ¡con un gobierno totalmente benevolente! No hemos entrado aquí en temas de si los políticos solo buscan réditos electorales ni nada de eso. No hace falta: el gobierno benevolente miente por sus ciudadanos. Entonces, ¿qué podemos hacer?

Déjenme añadir que este problema también sucede con la deuda pública. El gobierno puede “eliminar” parte de la deuda a través de aumentar la inflación. El proceso es sencillo: yo tomo prestado 1000 euros que pueden comprar 1000 aguacates, a devolver en un año al 5%. Si los precios no cambian, tendré que devolver en 12 meses 1050 aguacates. Pero, ¿y si hago que la inflación sea del 10%? Esto lo puedo conseguir si tengo la maquinita de crear dinero… si lo hago, solamente tendré que devolver ¡950 aguacates! (puntualización: realmente son 954,5454…). Porque sí, ahora hay que devolver 1050 euros, pero como todo cuesta un 10% más, en términos de lo que valen las cosas estoy devolviendo menos de lo que pedí prestado. Vemos, pues, que son  varias las ocasiones en las que hay incentivos para un gobierno “bueno” de mentir. ¿Cómo lo arreglamos? Se han inventado diferentes mecanismos, pero el principio básico es el mismo: átate de manos.

Pero volvamos al motivo por el cual es importante este resultado: el crecimiento a largo plazo de un país depende crucialmente de su inversión, tanto en capital físico como en humano. Si las promesas del gobierno no son creíbles, esta inversión se reducirá. Y las promesas de los gobiernos no son creíbles en incontables ocasiones debido a la preferencia por el corto plazo: subir hoy mismo el impuesto sobre los rendimientos de capital hará que ingresemos una buena cantidad de dinero, aun a costa del crecimiento futuro… pero si las elecciones son en un año y la caja pública está casi vacía, puedo anunciar a todo el mundo que he reducido el déficit y ganarlas de nuevo. Fíjense que, para mostrar cómo de grave es el problema en realidad, ahora sí hablamos de un gobierno que no es benevolente. El tema es, pues, cómo hacer creíble lo que se anuncia. Un método que se ha implementado en todo el mundo desarrollado es la independencia del Banco Central. Un problema que habían sufrido millones y millones de personas era la tendencia enfermiza de los gobernantes de hacer girar la manivela de la maquinita de hacer dinero. Todos hemos fantaseado alguna vez con tener nosotros el control de esta maquinita… pues imagínense cuando los gobernantes, sometidos a todas las presiones políticas posibles, pueden hacer con ella lo que quieran. El resultado se llama hiperinflación. Para evitar esto, hemos acordado que el que controla esta máquina, el Banco Central, tome sus decisiones sin influencia (teórica) del gobernante, sino con otros objetivos como la estabilidad de la inflación. Gracias a ello, hace muchas décadas que la inflación desbocada ha dejado de ser la principal preocupación de la economía. Y gracias a ello, los agentes que toman decisiones sobre inversión, sobre contrataciones, sobre producción, etc… pueden predecir con una precisión relativamente alta los precios futuros sin miedo que el gobernante de turno empiece a crear dinero para que se coma parte de la deuda (ejemplo de los aguacates).

Hay otros problemas a los cuales se enfrenta el gobierno con esta disyuntiva corto/largo plazo. Uno que está hoy a la orden del día, la reestructuración y limpieza del sistema bancario, tiene un precedente muy importante e ilustrativo de hace casi 30 años: México y Chile. A principios de la década de los 80, debido a la crisis de la deuda, estos dos países se encontraron en una situación de bancarrota: no podían devolver la deuda que habían contraído. No era solamente (ni mayoritariamente) el sector público, sino en gran medida empresas de estos dos países que habían tomado prestado de bancos extranjeros, muchos de ellos norteamericanos, y que ahora no podían devolver. Para salir de este problema, tuvieron que hablar con EEUU y pactar una refinanciación de esta deuda. Pero eso solamente era el primer paso: también había que ver cómo iban a pagarla. Podían tomarse un pequeño respiro, pero el sector bancario de esos países seguía estando mal. Aquí cada uno de ellos optó por un camino diferente: México fue dando ayudas a los bancos, para que estos se mantuvieran a flote como pudieran, para finalmente nacionalizarlos. Esta nacionalización permitió que el crédito no se detuviera demasiado, pero no limpiaba los balances de los bancos. Por otro lado, Chile optó por intervenirlos decididamente, ver cuáles estaban bien y cuáles no, obligar a una reorganización de las entidades para hacerlas más sanas, y finalmente reprivatizarlas. Puede sonar sencillo, pero esto es algo muy duro de hacer: significa dejar de prestar con tanta facilidad durante un tiempo, mientras a la vez los inversores se alejan de esas entidades intervenidas. Pero en cuanto acabas, tienes unos bancos relativamente sanos que pueden seguir con su actividad normal, esto es, prestando dinero a particulares y empresas. Pues bien, ¿cuál creen que fue el resultado? Muestro un gráfico con la evolución de ambos países a partir de 1980 (no es que empiecen iguales, sino que queremos ver la diferente evolución a partir de 1980, por lo que hacemos “como si” empezaran iguales).


Como apunte, el PIB de Chile era menor al de México en 1980. En 1982, Chile sufrió una caída brutal de su PIB del 16%, seguida el año siguiente con otra caída del 5%. Sin embargo, a partir de entonces pudo empezar a crecer rápidamente, y en 1989 volvía a los niveles de 1981. México, por otra parte, no cayó tanto al principio (un 5% el primer año, y un 8% el segundo) pero no pudo encontrar una senda de crecimiento más o menos estable hasta mediados de la década de los 90. ¿El resultado?  El PIB chileno en 2007 fue más del doble (un 233%) que el que tenía en 1980, mientras que el mexicano solamente ha llegado a ser un 20% mayor.

Hay algunas comparaciones más que Kydland hizo (por ejemplo, Finlandia vs Japón, o Irlanda vs cualquier otro PIGS) pero todas apuntan a la misma dirección que la que acabamos de ver: hacer unas políticas consistentes y creíbles y no caer en la tentación del corto plazo se ha mostrado históricamente como una de las mejores maneras de garantizar un crecimiento a largo plazo. Para lograrlo, hemos visto como los gobernantes se atan de manos (Banco Central independiente, límite del 3% de déficit público en la zona euro, límite de 60% de deuda pública –estás dos últimas, suspendidas al menos hasta 2013-, límites a las ayudas a la industria del país, …), sobre todo en los países desarrollados. Sin embargo, falta conseguir que sigan el mismo camino los países en desarrollo, que son a los que más falta les hace. Aunque, la verdad, no pinta nada bien, con el ascenso de líderes populistas al poder y la fragilidad de las instituciones democráticas en muchos de estos países. Pero bueno, seamos optimistas y quién sabe, si la disciplina a los gobiernos no se impone desde dentro quizás venga desde fuera… ¿alguien ha dicho China?.

Escrito por Francesc Rodríguez Tous

26 abril, 2010 a 12:55

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